Pasados estos días, la IX Asamblea parece tan lejana que los restos del canibalismo político que llevamos como seña de identidad se han diluido en el tiempo. Que no hubiese balance de la gestión dejó el impulso justiciero sin muros para confrontarse y la ira insatisfecha se evaporó dejando una atmósfersa avinagrada por algunos rincones; no había chivos expiatorios que llevarse a la boca. Pero tampoco hubo esa reflexión llamada "¿por qué hemos llegado hasta esto?"... Un hueco en el análisis que resurgirá como asignatura pendiente, ya lo veremos...
Pero lo más significativo es que, desaparecido el balance, nadie era responsable real de lo sucedido; todo estaba dicho en los papeles como si fuera en tercera persona. Las collejas fueron entonces de orden estrictamente documental; mejor así, total... La evidencia era la crítica más constructiva, elocuente y silenciosa.
Por eso unos decían: Yo, Cayo. Otros: Yo, callo. Y otros caían sin callar en las fronteras divididas de las bisagras...